lunes, 25 de abril de 2011

Sobre el arte de hablar en público

¿Y cómo llamar la atención de nuestro público? ¿Seremos capaces de controlar los nervios? ¿Cómo no se malinterpretará el mensaje que deseo hacer llegar a los demás? ¿Conviene que realice un Power Point para que no tener que memorizarlo todo? Tal vez haya que volver nuevamente a los clásicos y apelar a la sencillez; Shakespeare escribió que se consigue más con una sonrisa que con la punta de una espada. Empezad sonriendo, mirando directamente a vuestro público e ir deshilvanando las ideas de manera sencilla y estructurada.

Proyectamos nuestra personalidad en quienes nos escuchan, nos ven o nos leen. Transmitimos mucho más de lo que nos imaginamos; con palabras, con gestos o con una simple mirada. Afirmaba Sartre, "el infierno son los otros", los otros son quienes nos juzgan, para bien o para mal. El que habla se expone, está siendo juzgado, y en la medida con que empatice con su público, podrá llegar a conquistarles; hacerles reír, llorar, pensar... Pero, si no lo consigue, debe poseer la suficiente resistencia mental para aguantar el embate y lidiar con las críticas.

Infundir credibilidad y confianza, ser naturales y estructurar una buena presentación, ponencia o discurso no es fácil. Se requiere de mucha preparación, seguridad y práctica, además de un uso adecuado de nuestra comunicación; tanto verbal como no verbal. De alguna manera, uno se convierte en un buen actor, recordando a Maquiavelo, "muchos ven lo que pareces y pocos lo que eres".

Los primeros segundos frente al público serán clave, la primera impresión, como se suele decir; el arranque ha poseer fuerza, como el avión que se dispone a realizar un largo recorrido. El orador debería tener una presencia dinámica, que resulte atractiva, proporcionar así una imagen de profesional competente sobre el tema desarrollado. Objetivo: Intentar hacer sentir al otro lo que uno siente, procurar hacer pensar al prójimo como uno piensa, e incluso motivar a ejercer un determinado tipo de actuación tal y como uno lo haría. Este es el ejercicio de mover conciencias, sí, sí, mover conciencias, como si fuera fácil. De ahí, nacerá un fiel oyente, un seguidor, un amigo, un confidente y hasta un voto, de confianza o electoral. ¿Qué se puede conseguir gracias a una buena retórica? Militantes políticos afines a un ideario, fieles religiosos que rezan un mismo credo, ciudadanos convencidos, seguidores de las interpretaciones o ideas de un periodista o de un experto en comunicación, beneficios empresariales, clientes publicitarios, lectores, fans...

Ya lo dijo Cicerón, el buen orador ha de saber:

- Instruir (enseñar)
- Entretener (divertir)
- Mover conciencias (influir)

Os dejo un vídeo, donde un experto ahonda en el buen arte del buen orador y una referencia bibliográfica de todo un clásico, Dale Carnegie. ¡¡Espero que os guste y os pueda servir!!




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